Gumersindo Cruz y Anastasio Reséndiz se reencontraron en el Asilo de Ancianos en donde yo era trabajadora social, escuchando historias de tiempos de juventud de los ancianos y platicándoles sobre temas cristianos. El primero en llegar ahí fue Anastasio, y en un principio era un octogenario rabo verde al que no le importaba su cojera y coqueteaba con todas las monjitas. En ese tiempo me contó la historia de la familia Reséndiz, que era paralela a la de los Cruz, pues se trataba de una historia basada en el odio entre familias que se había originado, por lo menos el siglo pasado en un pueblo del norte, de acuerdo a mis deducciones a partir de la edad de Anastasio y su acento al hablar.
Después de un tiempo en el asilo Anastasio se transformó en un viejo apático, que no hacía nada más que ver transcurrir el tiempo, hasta que se quedó en cama todo el día viendo las luces neón del techo. Entonces me confesó que el motivo de su existencia había sido buscar y matar a miembros de la familia Cruz, pues para eso sus padres habían procreado 16 hijos, de los que solo el sobrevivía. A sus 83 años creía que ya no encontraría ningún Cruz, pues a los internos no se les permitía salir a la calle, así que solo podía tener contacto con las trabajadoras sociales, sus compañeros y las visitas de ellos, llevando una vida de claustro en donde ninguno de los que lo rodeaban tenía el apellido Cruz.
Llegó un momento en que Anastasio ya ni siquiera comía, sabíamos que estaba vivo solo por que parpadeaba, y yo me sentaba a su lado para hablarle, tratando de darle algún animo para que viviera. Entonces llegó Gumersindo Cruz, anciano incontinente pero muy simpático y sano de 84 años. Durante las primeras semanas, a mi no se me ocurrió que se tratara de un miembro de los Cruz odiados por Anastasio, me parecía que era demasiada coincidencia, sobre todo tomando en cuenta sus edades. Pero después supe que no era coincidencia, ambos estaban ahí por que no tenían ningún pariente, las familias de ambos habían muerto asesinadas.
Más tarde en mis pláticas con Gumersindo, me enteré de que el odio de Anastasio y Gumersindo era una enemistad concebida desde el vientre de sus madres, que los procrearon con la intención de tener un pequeño ejercito que luchara con el bando contrario. Gumersindo tuvo 18 hermanos, todos asesinados por los Reséndiz. La historia me preocupó: dos ancianos a los que yo estimaba se odiaban mutuamente y después de una vida buscándose ahora estaban en un mismo lugar, las posibilidades de un encuentro eran muchas, y ese encuentro podía ser el último. Entonces trate de hacerles ver por medio de mis conversaciones, que eran seres con vidas hechas a base de muchos otros sentimientos además del odio.
Hable mucho tiempo con ambos para obtener un pequeño logro en hombres con sentimientos tan arraigados, pero con ayuda de las hermanas finalmente Anastasio salió de su habitación, con lo que se precipitó el encuentro.
Sucedió en el comedor a la hora de la comida y tardaron mucho tiempo en reconocerse. Ya para la hora de la cena Gumersindo tuvo la seguridad de que ese viejo con el rostro ajado y cojo era el de Anastasio Reséndiz, y este supo que el agrio anciano incontinente era Gumersindo Cruz.
Pensé que de haber estado en un entorno diferente y tener la fuerza suficiente, se mataban en ese instante como ellos decían que lo hacían los hombres, de frente y con los puños, o como realmente podían, a bacinicazos y muletazos.
Creí que solo esperarían la menor provocación para matarse, pues finalmente quien matara lo haría a nombre de toda su parentela muerta y sería el vencedor supremo. Sin embargo no lo hicieron, se pasaban horas enteras mirándose, como retándose, comían a la misma hora, y procuraban estar cerca el uno del otro para vigilar todos sus movimientos.
Las monjas y yo duplicamos nuestras platicas con ambos, haciéndoles ver lo bellos que eran otros sentimientos como el amor, la caridad, la fe… en fin, les hablamos de lo bella que podía ser la vida sin odio. Pero los cuerpos de más de 80 son muy frágiles, y Anastasio no soportó la presión de sentir al asesino de su estirpe tan cerca, al acecho, y cayó gravemente enfermo. Por poco queda como un vegetal, lo tuvimos que trasladar a la Zona de Fase Terminal, donde están los ancianos que ya no se valen por sí mismos.
Hasta ahí iba Gumersindo diariamente, y se paraba en el quicio de la puerta a observar a Anastasio todo el día, yo creí que esperaba una mejoría para poder enfrentarse, para conseguir la provocación y matarse como valientes. Las hermanas pensaron lo mismo y continuamos nuestra labor de persuasión con Gumersindo, y de mantener con vida a Anastasio.
Una mañana encontré a Gumersindo llorando al pie de la cama de Anastasio, que había fallecido de muerte natural. Gumersindo se sentía como un cobarde, no mató a Anastasio cuando pudo por el peor de los motivos: compasión. Traicionó todos los valores de su familia y dejó ir al último Reséndiz sin hacerle justicia a toda sus consanguíneos.
Cuando me lo dijo yo sentí una mezcla de un poco tristeza y oculta alegría, por que había logrado que Gumersindo tuviera un sentimiento de bondad hacia Anastasio. Tardé mucho tiempo en darme cuenta de que en realidad ellos no se iban a matar, que yo no tuve nada que ver en sus acciones y decisiones, unos días después Gumersindo se dejó morir.
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