martes, 1 de marzo de 2011

Un efímero y tierno cariño.



Nunca me lo había imaginado, ni siquiera por que había visto fotos de camaleones africanos muchísimas veces. Empezando por su tamaño, era más pequeño que mi palma y con la cola estirada era casi como mi mano. Se sentía extremadamente frágil, su piel parecía de papel china, al tenerlo en la mano inspiraba una gran ternura y asombro por sentirla. Sus colores eran asombroso, unos verdes intensos que no se logran captar en ninguna imagen como tampoco se aprecia la textura de su piel.
Después me empezó a intrigar, nunca sabía si me veía o no, con un ojo viendo a un lado y el otro girando en otra dirección de manera alucinante me hacia pensar que sabía algo que yo ignoraba, o que tenía un secreto que no me podía decir aunque quisiera. En algún momento paso por mi mente que quería tener alguna complicidad conmigo pero no sabía cómo lograrla.
Le gustaba bailar, tenía un vaivén lento, parecía que deseaba bailar locamente pero la timidez se lo impedía y solo en una ocasión se atrevió a levantarse sobre sus patas traseras para sacudir sus bracitos, la secuencia de sus movimientos le daba sensualidad a su danza.
Eso si, era taimado y astuto, nos engañó a todos en el momento de su actuación. Le colocamos un gusano enfrente y ejecutó su danza de cara al gusano, sus ojos estaban en distintas direcciones, siempre en movimiento. Todos esperábamos el momento en que comiera el gusano para captar como salía su lengua. De pronto se quedó inmóvil un momento y en milésimas de segundo giró la cabeza para comerse otro bicho escondido que estaba en el pasto de su escenario, obviamente al otro lado de la cámara, ya con la pancita llena no volvió a comer. Le envidié que tuviera ese valor para hacer desplantes y lo admiré.
Como todo camaleón cambiaba de color pero no se camuflaba, los tonos de verde variaban y en ocasiones se marcaba una línea negra en el lomo. Los demás especularon sobre las razones de esos cambios, temperatura y humedad decían ellos, pero yo estoy segura de que la verdadera razón eran los cambios anímicos y el negro era señal de enfurecimiento, por que creo que llegamos a conocernos.
Me encariñé, al final yo acercaba mi mano y él corría para subirse a sentir mi calor, enrollaba su cola tiernamente en mi dedo meñique, sacaba su lengua para tocar las yemas de mis dedos y yo sentía que ya había algo entre nosotros.
Pero se tuvo que ir, mi cariño y cuidados no eran suficientes para que él tuviera una vida plena.

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